La aventura de la Sal: relatos cortos

La alacena era su hogar. La Sal no podía recordar nada antes de aquel espacio en penumbra, lleno de estantes y otros alimentos. Tampoco es que le importase, la alacena siempre había estado ahí.


La Sal recordaba sus primeros momentos, siempre al lado de Aceite y Vinagre. Siempre los tres juntos. Aquellas imponentes figuras de cristal que siempre le acompañaban. Tampoco podía recordar algo antes de Aceite y Vinagre. Sí que podía, sin embargo, recordar muchas cosas en la alacena. Era su hogar y en lo que a hogares respecta, no estaba tan mal. No era perfecto, claro que no. Las latas de atún solían ser desagradables y hablar mal de los demás. Todos sabían lo que se cocinaba con quién. Pero la Sal tampoco quería saber mucho de todo aquello. Su vida era relativamente tranquila. Tenía sus amigos, a el Aceite y el Vinagre y siempre le quedaban Las Comidas.


Sí, la Sal vivía para Las Comidas. Esos momentos en los que podía hacer una escapada fuera de La Alacena junto el Aceite y el Vinagre. Viajar por otros lugares, visitar El Comedor, vivir las experiencias en La Mesa. Oh, la Sal era una aventurera. Le picaba su interior solo con pensar en Las Comidas.


Aceite y Vinagre, pese a que les gustaban esas escapadas programadas, no compartían ese entusiasmo por el exterior. Y así, la Sal se sentía un bicho raro en su Alacena. No podía evitar pensar, soñar e imaginar como sería la vida fuera de la Alacena. Al mismo tiempo, estos pensamientos la aterrorizaban.


Fue un día cualquiera, entre la Primera Comida y la Segunda cuando sucedió. De repente, la Sal fue sacada de su Alacena. Sin embargo, esta vez hizo su salida en solitario, sin Aceite y Vinagre. El terror se mezcló la emoción de la aventura y cuando se quiso dar cuenta, su hogar ya no era la Alacena, sino la Repisa en La Cocina.


Sin saber cómo, la Sal se vio rodeada de otros condimentos. Había Romero y Perejil. También había  algunos más dulces como Vainilla y Canela. Todo era tan distinto. Todo tan nuevo. La cantidad de nuevas posibilidades, las nuevas amistades, todo lo nuevo era, a su vez, terrorífico. La Sal pensaba que no podría encajar. Tenía días donde la nostalgia podía con ella, días en que la añoranza de una normalidad que antes le parecía mundana podían con su espíritu y días en que no le apetecía ni mirar a su alrededor. 


Todo cambió, cuando llegó la Pimienta. No tenía miedo, se apuntaba a todo y hablaba con todos. Su amistad nació por insistencia y no por azar. Pero fue una amistad bonita. También fue gracias a Pimienta que la Sal se atrevió a darse a conocer, a relacionarse y entonces se dio cuenta, que un hogar no era una Alacena o la Repisa de la Cocina. Un hogar, eran todas aquellas especias que rodeaban a uno mismo y lo hacían sentirse más fuerte, más valiente y siempre querido.



Y mira, allá van, la Pimienta y la Sal. ¡Menudo par!


 

P.D: Si os ha gustado éste relato corto, aquí hay más.

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